A veces pienso que el mundo está gobernado y legislado por niños que están empezando a balbucear, o tal vez ellos lo harían mejor. Qué abismo más descomunal entre la gravedad de las infracciones que se cometen y las sanciones que se le imponen. En el siglo veintiuno y nuestras asambleas y gobiernos aún no saben discernir la jerarquía entre los daños.