El ser humano (especie superior al resto, con mayor capacidad intelectual y dotada de sentimientos tales como la compasión) no puede complacerse con el sufrimiento y angustia de los individuos de su misma especie, y aún menos, con los de especies inferiores. Al igual que cuando un niño de 8 años golpea a otro de 3 o un hombre a una mujer, les llamamos cobardes y nos resultan individuos despreciables porque se aprovechan de su superioridad en algún aspecto para hacer daño, la misma sensación deberíamos tener ante una situación de maltrato animal.
Es cuestión de tiempo, el que necesita la sociedad para madurar y el individuo para evolucionar, que se logre una moral justa de respeto hacia aquellos que hoy son sometidos. Refranes del tipo: "A la mujer y a la burra, todos los días una zurra" o "Cojera de perro y lágrimas de mujer, no son de creer",... eran normales y hasta graciosos, nadie se escandalizaba, el loco y el que iba a contracorriente era el que expresaba su indignación ante tal barbarie. Hoy, al menos, ya hay unanimidad en denunciar la parte que afecta a la mujer. Y cada vez seremos más los que defendamos a los sin voz y exijamos su respeto, siempre luchando contra viento y marea: la tradición incrustrada, la apología de la superioridad del hombre por parte de poderosos sectores de la sociedad, que ponen de manifiesto su arrogancia e indiferencia ante la crueldad, en fiestas y actividades que todos conocemos.
Seamos conscientes del poder que se nos ha dado al dotarnos de más facultades que al resto de las especies, para mejorar, no para abusar, seamos dignos de ese poder. Uno de los índices del grado de desarrollo y evolución de una sociedad es la protección de los más indefensos y vulnerables.
Es cuestión de tiempo, el que necesita la sociedad para madurar y el individuo para evolucionar, que se logre una moral justa de respeto hacia aquellos que hoy son sometidos. Refranes del tipo: "A la mujer y a la burra, todos los días una zurra" o "Cojera de perro y lágrimas de mujer, no son de creer",... eran normales y hasta graciosos, nadie se escandalizaba, el loco y el que iba a contracorriente era el que expresaba su indignación ante tal barbarie. Hoy, al menos, ya hay unanimidad en denunciar la parte que afecta a la mujer. Y cada vez seremos más los que defendamos a los sin voz y exijamos su respeto, siempre luchando contra viento y marea: la tradición incrustrada, la apología de la superioridad del hombre por parte de poderosos sectores de la sociedad, que ponen de manifiesto su arrogancia e indiferencia ante la crueldad, en fiestas y actividades que todos conocemos.
Seamos conscientes del poder que se nos ha dado al dotarnos de más facultades que al resto de las especies, para mejorar, no para abusar, seamos dignos de ese poder. Uno de los índices del grado de desarrollo y evolución de una sociedad es la protección de los más indefensos y vulnerables.