jueves, 4 de diciembre de 2008

la burbuja

Nuestra economía está basada en el movimiento continuo de capitales, normalmente del ciudadano de a pie, al que se le atosiga y se le inculca que necesita esto, eso y aquello, aunque se tenga que hipotecar hasta los ojos. Así el crecimiento es positivo, se crean empleos y el país va bien, mientras la bola de nieve siga rodando y no encuentre ningún obstáculo. En el momento en el que por cualquier razón (por falta de confianza, por ejemplo) esta inercia se detiene, aparece la crisis, más madera o se para el tren.

La crisis, de acuerdo al concepto que de ella tenemos, está permanentemente ahí, de forma latente. Algo falla, descuadra. La economía no puede estar basada simplemente en construir y consumir, y aún menos poniendo al frente el capital de los siguientes veinte o treinta años y sin tener en cuenta que lo que se hace hoy y aquí, tendrá efectos mañana y allí. Así funciona a todos los niveles: en los hogares, a nivel nacional y a nivel mundial, y en todos los ámbitos: económica, ambiental y socialmente. Las salidas son mayores que las entradas y eso es inviable a medio plazo.

La planificación económica debe diversificar las bases sobre las que se asienta, manteniendo las de siempre pero sin incidir todo el peso sobre ellas. Una economía equilibrada debe contabilizar todos los efectos generados por las actividades en los balances de entrada y salida. Hoy por hoy, se quedan bastantes atrás, entre ellos los relacionados con el medio ambiente. Si levemente se toma en consideración, es algo esporádico, un acto de buena voluntad. Es necesario clarificar y asentar las bases de nuestra supervivencia y comprender que la economía depende del estado de nuestro soporte de vida: del agua que bebemos, del aire que respiramos, de la tierra que nos proporciona los alimentos... Los impactos negativos que provocamos actúan como un boomerang devolviéndonos los efectos y la mayoría de las veces magnificados. La contaminación del agua, por ejemplo, estropea el recurso, por lo que no se puede usar para cultivar la tierra, afectando a una parte de la economía, la rural, además provoca enfermedades que aumentan los gastos sanitarios,... estos problemas sociales y económicos son algunas de las externalidades normalmente ignoradas por las grandes cuentas.

Hay que replantear el actual sistema económico e intentar acercarse al valor real de lo que realmente lo tiene en el mundo en que vivimos. De no hacerlo, estaremos diseñando modelos abstractos para un mundo ficticio.